Sé que mucho de lo que estoy tratando de volcar, es algo más que reflexionado en la vida del espíritu.
En esta situación, me lo hizo pensar, mi sobrino nieto, Ezequiel, quien ya tiene 17 meses.
En sus primeros intentos de empezar a caminar, se había caído un par de veces, que lo inhibieron en esta tarea tan propia para su edad. Sus papás, trataron de acompañarlo a que se animara a volver a caminar, con mucha paciencia y amor. Sólo lo esperaban. Ni lo forzaban, intentaban no ponerse ansiosos en cuanto él lograba dar algún pasito de más. Sólo espera. También yo observaba esto.
Y es tan importante estar de pie. Psicológicamente, es un logro significativo para un bebé, y también para cada uno de nosotros. Es estar firme, ver la vida desde otra perspectiva, mostrarnos al mundo diciendo: -" acá estoy"-.
Por otro lado, la alegría que se siente desde quienes esperamos, es intransferible.
Me hizo pensar, que así, y aún más, se alegra Dios ante nuestros pasos en la vida, y que su espera es similar a la de estos papás o bueno, sería pertinente pensarlo al revés. Que nuestra paternidad-maternidad, se parece en algo a la de Dios.
Se aparecieron en mi mente y en mi corazón, varios relatos evangélicos sobre este tema, curaciones, escenas sobre el perdón y la misericordia, y hasta la resurrección de Lázaro, y en todos ellos, Jesús no sólo trata, sino que muchas veces obliga a estar de pie.
Seguramente, la voluntad de Dios para con sus hijos, es vernos de pie, dignos, firmes y diciendo al mundo, acá estoy, este/a soy yo.
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