Les comparto un poema que escribí hace exactamente 10 años, sobre el versículo de Mt. 19,26b. Lo tomo como una continuación del texto que escribí sobre las telas y los vinos, y para mostrar, como más allá de los años, y las búsquedas, además de que en Dios todo es cambio, también en Él todo permanece. Sé que no guarda ninguna forma literaria, sólo es lo que salió del corazón.
...cuanto cuesta aceptar el amor,
ese que alguna vez nos negaron,
y hoy reclamamos.
Parece que nos empeñamos
en prolongarle la vida a ese viejo/a
que habita en nosotros
y que si muere tendrá
que reconocer
que has truinfado.
Ese viejo/a se niega a morir
y nosotros lo seguimos alimentando,
porque lo conocemos de años
y le tenemos miedo al que va a nacer.
Porque ese, el que va a nacer,
tiene una lógica distinta,
no guarda rencor, saber perdonar,
comprende, es misericordioso,
¡tan parecido a vos, Señor!
Como una farisea, te pongo a prueba,
como una escriba, preguntas...
como discípula asustada, sos un fantasma,
como judía incrédula, te digo: bajate de la Cruz.
Mentira parece tenerle miedo,
a un Niño que tiembla de frío,
a un Hombre joven, que reclama
por su Padre a punto de morir.
Son ellos, mis enemigos,
mis lógicas, mi sentido común,
mi soberbia, mi rencor,
que para justificar su existencia,
no admiten la debilidad de Dios.
Se que a veces me angustio
pensando ¿cómo será?
pero espero con ansiedad el parto
que traerá la salvación que espero.

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