En esos casos, me quedo mirando a la
chica, al chico e internamente me pregunto: ¿Cómo podrías entenderlo?
¿Cómo explicar a un adolescente de hoy que aquello que te sustenta, lo
que da aliento a tu existir no es lo que se tiene o se hace, ni el lugar
donde se vive?
Pero no son solo los jóvenes. Muchos en la sociedad –y en la misma Iglesia– siguen sin entender nada de nuestra vida.
Cierto día, Juan de la Cruz preguntó a
una monja (Francisca de santa María) en qué se ocupaba en la oración, y
ella le respondió que «en mirar la hermosura de Dios y holgarse de que
la tuviese». Sin darse cuenta, estaba elaborando todo un tratado de vida
contemplativa. Mirar la deslumbrante hermosura de Dios y recrearse en
ella bien justifica una vida.
Cuando nació mi primera sobrina, recuerdo
que mi hermano me contaba cómo él y su mujer pasaban horas asomados a
la cuna, simplemente mirándola embelesados. La tele del salón, por
primera vez desde que se habían casado, emitía inútilmente su reclamo
sonoro a lo lejos, sin que nadie le hiciera caso. Ellos no podían
apartar los ojos de la niña, pasmados de que esa preciosa criatura fuera
hija suya.
Teresa de Jesús repite incansablemente:
«Los ojos en Él» (Vida 35, 14). «Mire que le mira» (Vida 13,22). No
necesitamos rejas ni muros para no dispersarnos. Lo que nos recoge y
sobrecoge es esa mirada.
Vivimos porque Él nos mira, y no podemos dejar de mirar, al descubrir el abismo de amor que se esconde tras su mirada.
Extradio del blog "De la Rueca a la Pluma"

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