lunes, 1 de junio de 2015

"Los ojos en Él", entendiendo la vida contemplativa

Varias veces a lo largo del año, aterrizan en nuestra casa grupos de chavales. Unos están en catequesis de confirmación en sus parroquias, otros vienen desde la clase de religión de algún instituto o colegio de la zona. Sus profesores o catequistas quieren que sepan que, aunque somos una presencia invisible, existimos. Al reunirnos con ellos, surge siempre en el diálogo la misma pregunta: «¿Qué hacéis todo el día aquí encerradas?» Dependiendo de la madurez de quien la formula, unas veces añade: «¿Y no os aburrís?». O bien, esta otra versión más elaborada: «¿Qué sentido tiene vuestra vida?»
En esos casos, me quedo mirando a la chica, al chico e internamente me pregunto: ¿Cómo podrías entenderlo? ¿Cómo explicar a un adolescente de hoy que aquello que te sustenta, lo que da aliento a tu existir no es lo que se tiene o se hace, ni el lugar donde se vive?
Pero no son solo los jóvenes. Muchos en la sociedad –y en la misma Iglesia– siguen sin entender nada de nuestra vida.
Cierto día, Juan de la Cruz preguntó a una monja (Francisca de santa María) en qué se ocupaba en la oración, y ella le respondió que «en mirar la hermosura de Dios y holgarse de que la tuviese». Sin darse cuenta, estaba elaborando todo un tratado de vida contemplativa. Mirar la deslumbrante hermosura de Dios y recrearse en ella bien justifica una vida.
Cuando nació mi primera sobrina, recuerdo que mi hermano me contaba cómo él y su mujer pasaban horas asomados a la cuna, simplemente mirándola embelesados. La tele del salón, por primera vez desde que se habían casado, emitía inútilmente su reclamo sonoro a lo lejos, sin que nadie le hiciera caso. Ellos no podían apartar los ojos de la niña, pasmados de que esa preciosa criatura fuera hija suya.
Teresa de Jesús repite incansablemente: «Los ojos en Él» (Vida 35, 14). «Mire que le mira» (Vida 13,22). No necesitamos rejas ni muros para no dispersarnos. Lo que nos recoge y sobrecoge es esa mirada.
Vivimos porque Él nos mira, y no podemos dejar de mirar, al descubrir el abismo de amor que se esconde tras su mirada.

María José
carmelita descalza
Vida Religiosa, mayo 2014

Extradio del blog "De la Rueca a la Pluma"

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