Jesús aparece impulsando a sus discípulos hacia "la otra orilla", el territorio pagano. Quizás se trate de un interés del propio Marcos que, escribiendo a una comunidad de origen pagano, quiere presentar que fue ya el propio Maestro quien inició ese camino hacia los llamados gentiles. Porque Mateo, por el contrario, le hace decir a Jesús: "No vayáis a regiones de paganos" (Mt 10,5); o: "Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel" (Mt 15,24).
La catequesis de Marcos está centrada en la pregunta conclusiva: "¿Quién es este?". Se trata de una cuestión que va apareciendo de un modo intermitente a lo largo de todo su evangelio, manteniendo vivo el interés del lector. Una pregunta que solo hallará respuesta definitiva cuando, ya muerto Jesús, al pie de la cruz, un pagano exclame: "Verdaderamente este hombre era hijo de Dios" (Mc 15,39).
En esta narración, la barca-comunidad se ve amenazada (huracán y oleaje); los discípulos se sienten desprotegidos en la dificultad y, entre tanto, Jesús duerme. El contraste entre la inquietud de los discípulos y la calma del Maestro no puede ser mayor. Y hace que el lector se interrogue sobre dónde están los unos y el otro. La inquietud nace porque, erróneamente, nos identificamos con lo que ocurre; la calma aparece cuando nos situamos y reconocemos en la consciencia de lo que ocurre.
Lo que somos –parece decirnos la actitud de Jesús- está siempre a salvo; no puede ser dañado por nada. Por eso, "¿por qué sois tan cobardes?". La cobardía o el miedo es lo opuesto a la fe-confianza.
"El viento cesó, y sobrevino una gran calma"..., cuando nos dejamos permanecer en un estar desnudo, amando lo que es, como bien sabía Juan de la Cruz: "Quedéme y olvidéme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado".
La "gran calma" me recuerda la palabra que le dirigió Jesús a Marta: "Andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad solo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte y no le será quitada" (Lc 10,41-42).
Lo "único necesario" es aquello que nombraba en el comentario de la semana pasada: lo que no puede morir jamás; aquello que queda en un naufragio donde te encuentra la muerte. Lo único necesario es nuestra verdadera identidad, y solo ella es, por tanto, la fuente de toda calma y confianza.
Enrique Martínez Lozano


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