Jesús no dice más ¿Qué quieres de mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora (Jn. 2,4). Ahora que su "hora" llegó, hay entre él y su madre una gran cosa en común: el mismo sufrimiento. En estos momentos extremos, en el cual incluso el Padre se ha retirado misteriosamente de la mirada del hombre, a Jesús le queda la mirada de la madre, donde buscar refugio y consuelo. ¿Despreciaría esta presencia y este consuelo materno, aquel que en el Getsemaní le pidió a los tres discípulos diciendo: Quédense aquí, y permanezcan despiertos conmigo (Mt. 26,38)?
Manteniédose "de pie" junto a la cruz, el rostro de María mas o menos a la altura del rostro de Cristo reclinaod en la cruz. Cuando le dijo: "Mujer, aquí está tu hijo!, Jesús miraba ciertamente hacia ella, tanto que no hubo ni siquiera necesidad de llamarla por su nombre.
¿Quién podra penetrar el misterio de aquella mirada entre madre e Hijo, en un momento como ese? En todo sufrimiento humano, hay una dimensión íntima y "privada", que se lleva a cabo "en familia", entre los que están unidos por el vínculo de la misma sangre. Incluso en la de Cristo y de María.
Raniero Cantalamessa
"Maria, espejo de la Iglesia"
Ed.Agape, pág. 152


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