La resurrección de Lázaro tiene en el evangelio de Juan un gran mensaje teológico. Juan nos hace ver que Jesús es señor de la vida y de la muerte, que puede salvar a las hombres incluso de las garras de la muerte.
Al interpretar este relato desde la psicología profunda es necesario adelantar que sólo consideramos uno de sus muchos aspectos. Pero quizá al hacerlo así aparezcan en el relato nueva vida y nuevos signos de vida. (...)
Si leemos así la historia descubrimos en ella una sentido nuevo. Ya no es sólo una prueba del poder de Jesús sobre la muerte, no sólo una prueba de su amor capaz de compadecer y llorar. Así se convierte en una reproducción de nuestra propia historia. Podemos identificarnos con ese Lázaro. Podremos entonces preguntarnos qué es lo que arrojamos lejos de nosotros poniéndolo debajo de una piedra, que hay en nosotros a lo que no damos oportunidades de vivir, qué es lo que envolvemos y vendamos, qué es lo empieza a oler mal. ¿Dónde estoy sin relaciones?. Si no me relaciono con Dios, no con los demás, ni conmigo mismo , si me he separado de los demás poniendo una piedra de por medio, entonces empieza ya a descomponerse todo cuanto hay en mí. Las relaciones con Dios, con los otros y conmigo mantienen cohesionado todo lo que sin esas relaciones se resquebraja y divide. Sin relaciones carezco de aglutinantes capaz de mantener cohesionados en mí todos los elementos disgregantes. Carecer de relaciones equivale a estar muerto.
(...)
La historia de Lázaro nos invita estabecer contacto con todas las zonas de nuestro yo a las que hemos arrojado lejos. Sobro todo nos invita a relacionarnos con Jesucristo, que puede unificar y curar todos los elementos disgregados. Si dejamos que Jesús dé una voz de orden a lo que tenemos muerto, resucitará el Lázaro que llevamos en nuestro interior.
Anselm Grüm
Evangelio y Psicología Profunda
Agape
Págs. 45-50

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