martes, 14 de diciembre de 2010

Él se hizo uno de tantos

En la oquedad de nuestro barro breve
el mar sin nombre de Su luz no cabe.
Ninguna lengua a Su verdad se atreve.
Nadie lo ha visto a Dios. Nadie lo sabe.
Mayor que todo dios, nuestra sed busca,
se hace menor que el libro y la utopía,
y, cuando el Templo en su esplendor Lo ofusca,
rompe, infantil, del vientre de María.
 El Unigénito venido a menos
 traspone la distancia en un vagido;
       calla la gloria y el amor explana;
 Sus manos y Sus pies de tierra llenos,
 rostro de carne y sol del Escondido,
  ¡versión de Dios en pequeñez humana!

Pedro Casaldáliga

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