Dedicado a todas las mujeres que han caminado y caminan conmigo en mi vida, y a los compañeros varones que han sabido estar a nuestro lado en nuestras búsquedas.
Mónica
Por Graciela Pujol.
Uruguaya. Coordina el grupo Caleidoscopio, espacio de reflexión teológica y ética ecofeminista, en Montevideo.
En los encuentros con otras mujeres de tradición católica, aún con las diferencias culturales de los diferentes países de América, fui descubriendo que compatíamos muchas de estas marcas en nuestras vidas. Me fui dando cuenta que para la Mártir que subyace en mí (nosotras) dé paso a la Emperatriz es necesario aprender a:
Mónica
Por Graciela Pujol.
Uruguaya. Coordina el grupo Caleidoscopio, espacio de reflexión teológica y ética ecofeminista, en Montevideo.
En los encuentros con otras mujeres de tradición católica, aún con las diferencias culturales de los diferentes países de América, fui descubriendo que compatíamos muchas de estas marcas en nuestras vidas. Me fui dando cuenta que para la Mártir que subyace en mí (nosotras) dé paso a la Emperatriz es necesario aprender a:
- Disfrutar de las cosas buena la vida, no eludir el placer, dejando atrás la tendencia, la culpa y el miedo irracional al castigo.
- Reconocer mis propios deseos y necesidades para contrarrestar la tendencia a poner en primer lugar las necesidades y los deseos de los demás.
- Poner energía en el cuidado de mí misma para dejar de considerar el cuerpo como un instrumento al que hay que disciplinar y reprimir.
- Desarrollar la capacidad de disfrute y perder el miedo a la prosperidad y a la abundancia, porque he sido formada en la bondad del carecer y la virtud de la austeridad.
- Desarrollar la capacidad de gozar de las pequeñas cosas, de divertirme, de reír y disfrutar de los tiempos improductivos, porque me inculcaron que todo lo que haga tiene que ser productivo, incluso el amor. No puedo olvidar que me enseñaron que el encuentro sexual era pecado si sólo tenía el significado unitivo y excluía el procreador.
- Vivir el instante presente, el aquí y ahora, y estar atenta a las sensaciones y a los mensajes del cuerpo, porque me enseñaron que debía caminar siempre penosamente hacia el fin, donde podía recibir, con creces, la recompensa al dolor y al sufrimiento.
- Implicarme intensa y apasionadamente en las relaciones y en las tareas que emprendo, porque me enseñaron a pensar con la cabeza fría y a desconfiar de la veracidad de las señales de los sentidos.
- Vivir una espiritualidad disfrutable, de búsqueda personal y encuentros fecundos, porque fui formada en el ritualismo estéril.
- Romper el círculo de la autoconmiseración, en el que tantos sufrimientos elegidos me hacen sentir presa del destino y sin posibilidades reales de cambiar las condiciones que, muchas veces, me he impuesto.


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