lunes, 19 de agosto de 2013

Jesús, esto decían de Él.... SE LE IBA EL CORAZÓN HACIA LOS NIÑOS




Debía caerles divinamente a los niños si tanto se arremolinaban a su alrededor. Porque los niños distinguen inmediatamente de manera misteriosa qué adultos los entienden y saben tratarles y quiénes no. Dicen que “los bendecía imponiéndoles las manos” (Mc 10,16): es una manera solemne de decir que jugaba con ellos, que les contaba cuentos, que les sacaba un caramelo de una oreja, que se interesaba por su colección de chapas o de cromos, todo con sus equivalentes de entonces.
Decía que para entrar en el Reino hay que parecerse a los niños, pero no en la ingenuidad ni en la inocencia, sino en esa confianza tranquila con que se dejan llevar de la mano o se duermen desmadejados en brazos de su madre. Era su lenguaje para designar a los humildes, pobres, pequeños y perseguidos que no tienen otra posibilidad que recibir y ser ellos mismos demanda y disponibilidad, precisamente por ser conscientes de sus carencias. La disposición fundamental en Antiguo Testamento consistía en practicar la Ley, en “hacer” algo para recibir la justificación. La novedad de la condición revelada por Jesús para entrar en el Reino es la de “dejarse hacer”, acoger y recibir ese don de Dios como los niños. De ahí la necesidad de “volver a nacer” a este nuevo modo de vivir de receptividad y confianza ante Dios.
Jesús mismo iba por la vida como un niño y por eso hablaba de Dios no como un profesor de teología, sino como un hijo que cuenta cosas de su padre. Debía haber jugado mucho de pequeño en la plaza de su pueblo, y por eso le venían aquellos juegos a la memoria: los usaba en aquellas historietas que contaba y que la gente escuchaba boquiabierta, reconociendo en ellas cosas que también les pasaban a ellos. “¿A quién compararemos a los hombres de esta generación? Se parecen a unos niños que, sentados en la plaza, gritan a otros: ‘Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’ (Lc 7,31-32).    


Después de serias investigaciones, he llegado a la conclusión de que el juego al que hace alusión debía ser lo más parecido a ese nuestro de “Antón, Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cual, que atienda a su juego”. Menudo programa de vida cristiana seguir los gestos de ese “Antón Pirulero” que Jesús inició durante su vida: acoger, abrazar, sanar, acariciar, decir palabras de ánimo, lavar los pies cansados de sus amigos…
Repetir todo eso nosotros, como buenamente podamos, seguros de que no nos dejará fuera de juego si nos equivocamos.


Aleixandre, Dolores, Jesús. Esto decía del Él, Primera Edición, Buenos Aires, Camino al Corazón, 2010, pág. 23 a 24.

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