Debía caerles divinamente a los niños si tanto se arremolinaban
a su alrededor. Porque los niños distinguen inmediatamente de manera misteriosa
qué adultos los entienden y saben tratarles y quiénes no. Dicen que “los bendecía imponiéndoles las manos”
(Mc 10,16): es una manera solemne de decir que jugaba con ellos, que les
contaba cuentos, que les sacaba un caramelo de una oreja, que se interesaba por
su colección de chapas o de cromos, todo con sus equivalentes de entonces.
Decía que para entrar en el Reino hay que parecerse a los
niños, pero no en la ingenuidad ni en la inocencia, sino en esa confianza
tranquila con que se dejan llevar de la mano o se duermen desmadejados en
brazos de su madre. Era su lenguaje para designar a los humildes, pobres,
pequeños y perseguidos que no tienen otra posibilidad que recibir y ser ellos
mismos demanda y disponibilidad, precisamente por ser conscientes de sus
carencias. La disposición fundamental en Antiguo Testamento consistía en
practicar la Ley, en “hacer” algo para recibir la justificación. La novedad de
la condición revelada por Jesús para entrar en el Reino es la de “dejarse
hacer”, acoger y recibir ese don de Dios como los niños. De ahí la necesidad de
“volver a nacer” a este nuevo modo de vivir de receptividad y confianza ante
Dios.
Jesús mismo iba por la vida como un niño y por eso hablaba
de Dios no como un profesor de teología, sino como un hijo que cuenta cosas de
su padre. Debía haber jugado mucho de pequeño en la plaza de su pueblo, y por
eso le venían aquellos juegos a la memoria: los usaba en aquellas historietas
que contaba y que la gente escuchaba boquiabierta, reconociendo en ellas cosas
que también les pasaban a ellos. “¿A
quién compararemos a los hombres de esta generación? Se parecen a unos niños
que, sentados en la plaza, gritan a otros: ‘Tocamos la flauta y no bailáis,
cantamos lamentaciones y no lloráis’ (Lc 7,31-32).
Después de serias investigaciones, he llegado a la
conclusión de que el juego al que hace alusión debía ser lo más parecido a ese
nuestro de “Antón, Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cual, que atienda a
su juego”. Menudo programa de vida cristiana seguir los gestos de ese “Antón
Pirulero” que Jesús inició durante su vida: acoger, abrazar, sanar, acariciar,
decir palabras de ánimo, lavar los pies cansados de sus amigos…
Repetir todo eso nosotros, como buenamente podamos, seguros
de que no nos dejará fuera de juego si nos equivocamos.
Aleixandre, Dolores,
Jesús. Esto decía del Él, Primera Edición, Buenos Aires, Camino al Corazón,
2010, pág. 23 a 24.

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