Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto
y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante
de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas
las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que
planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto el mensaje
del evangelio, que lo hemos convertido en algo totalmente ineficaz para
una verdadera vida espiritual.
En una tribu primitiva, el más espabilado descubrió un día la manera
de hacer fuego. El inventor quiso hacer partícipes a otras tribus de las
enormes ventajas que la manipulación del fuego podía reportar. Cogió
los bártulos y se fue a la tribu más cercana. Reunió a la comunidad y
les explicó la manera de hacer fuego y como se podía utilizar para
mejorar la calidad de vida. La gente se quedó admirada al ver aparecer
el fuego. Les dejó los instrumentos de hacer fuego y se volvió a su
tribu.
Unos años después, volvió a la aldea. Cuando lo vieron llegar, todos
mostraban su alegría y le condujeron a una pequeña colina apartada del
poblado. Allí habían construído un hermoso monumento, donde habían
colocado los instrumentos de hacer fuego. Toda la tribu se reunía allí,
para adorar aquellos instrumentos tan maravillosos. Pero... ni rastro de fuego en toda la aldea. Su vida seguía exactamente igual que antes. Ninguna ventaja habían extraído del fuego.
Lo último que se le hubiera ocurrido a Jesús, es pedir que los demás
seres humanos se pusieran de rodillas ante él. Él sí se arrodilló ante
sus discípulos para lavarles los pies; y al terminar esa tarea de
esclavos, les dijo: "vosotros me llamáis el Maestro y el Señor. Pues si
yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros tenéis que
hacer los mismo". Esa lección nunca nos ha interesado. Es más cómodo convertirle en objeto de adoración, que imitarle en el servicio y la disponibilidad para con todos los hombres.
Hemos convertido la eucaristía en un rito puramente cultual. En la
mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si
pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia
rutinaria, que demuestra la falta absoluta de convicción y compromiso.
La eucaristía era para las primeras comunidades el acto más subversivo
que nos podamos imaginar. Los cristianos que la celebraban se sentían
comprometidos a vivir lo que el sacramento significaba. Eran conscientes
de que recordaban lo que Jesús había sido durante su vida y se comprometían a vivir como él vivió.
El mayor problema de este sacramento hoy, es que se ha desorbitado la
importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y
se ha olvidado totalmente la esencia de la eucaristía, que es
precisamente su aspecto sacramental. Con la palabreja
"transustanciación" no decimos nada, porque la "sustancia" aristotélica
es solo un concepto que no tiene correspondencia alguna en la realidad
física. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos
mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.
El signo.- Lo que es un signo lo sabemos muy bien,
porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos
desplegado, es a base de signos. Todas las formas de lenguaje no son más
que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos
presentes mentalmente las realidades que no están al alcance de nuestros
sentidos. En la eucaristía manejamos dos signos.
El Pan partido y preparado para ser comido, es el signo de lo que fue Jesús toda su vida. El signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido y re-partido,
es decir en la disponibilidad en la que se encuentra para poder ser
comido. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a
él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó
comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia
última que fuera aniquilado por los oficiales de su religión.
La sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que para los judíos, la sangre era la vida misma.
Con esta perspectiva, está haciendo alusión a la vida de Jesús que
estuvo siempre a disposición de los demás. No es la muerte la que nos
salva, sino su vida humana que estuvo siempre disponible para todo el
que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente
no pertenece a lo esencial. Se trata de una connotación secundaria que
no añade nada al verdadero significado del signo.
La realidad significada.- Se trata de una realidad
trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos
hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Por eso tenemos
necesidad de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí,
porque no tenemos otra manera de acceder a esas realidades. Esas
realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni
llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús
durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios en él. En el don total de sí mismo descubrimos a Dios que es Don absoluto y eterno.
El primero y principal objetivo al celebrar este sacramento, es tomar
conciencia de la realidad divina en nosotros. Pero esa toma de
conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió
Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este
objetivo, se convierte en completamente inútil. Celebrar la eucaristía
pensando que me añadirá algo (gracia) automáticamente, sin exigirme la
entrega al servicio de los demás, no es más que un autoengaño.
En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR.
El Amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús
durante su vida. Esto soy yo: don total, amor total, sin límites. Al
comer el pan y beber el vino consagrados, estoy completando el signo. Lo
que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a
identificarme con lo que fue e hizo Jesús, y a ser y hacer yo lo mismo.
El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando "como a Jesús", sino cuando me dejo comer, como hizo él.
El ser humano no tiene que liberar o salvar su
"ego", a partir de ejercicios de piedad, que consigan de Dios mayor
reconocimiento, sino liberarse del "ego" y tomar conciencia de que todo
lo que es, está en lo que hay de Dios en él. Intentar potenciar el "yo",
aunque sea a través de ejercicios de devoción, es precisamente el
camino opuesto al evangelio. Solo cuando hayamos descubierto nuestro
verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que
solo pretende acrecentar el yo, y para siempre.
La comunión no tiene ningún valor si la desligamos de signo
sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el
signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar
significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que ES Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me pueda necesitar.
Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están
muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir despreciando o
ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos
la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo
magia barata para tranquilizar nuestra conciencia. A Jesús hay que
descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquél a
quien puedo ayudar a ser él mismo, sabiendo que esa es la única manera de llegar a ser yo mismo.
Meditación-contemplación
La Única Realidad es el Amor (Agape) que es Dios y está siempre en ti.
Los signos son solo medios para llegar a la realidad significada;
Pero son indispensables para nosotros los humanos.
Lo esencial es descubrir esa Realidad y vivirla.
........................
Si descubro que ese AMOR me identifica con Él,
mi verdadero ser ya no soy yo sino Él.
Mi actuar no será ya mío, sino el de Él.
Solo por ese camino entraré en la dinámica del amor.
..................
En cada eucaristía que celebre,
debo sentir dentro de mí, lo que se significa en el rito.
Al comulgar, manifiesto y fortalezco la intención
de ser como Jesús, pan que se deja comer.
...............
La Única Realidad es el Amor (Agape) que es Dios y está siempre en ti.
Los signos son solo medios para llegar a la realidad significada;
Pero son indispensables para nosotros los humanos.
Lo esencial es descubrir esa Realidad y vivirla.
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Si descubro que ese AMOR me identifica con Él,
mi verdadero ser ya no soy yo sino Él.
Mi actuar no será ya mío, sino el de Él.
Solo por ese camino entraré en la dinámica del amor.
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En cada eucaristía que celebre,
debo sentir dentro de mí, lo que se significa en el rito.
Al comulgar, manifiesto y fortalezco la intención
de ser como Jesús, pan que se deja comer.
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Fray Marcos
(recuperado en www.feadulta.com)

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