La mujer está en la trama de la historia de la salvación. Lo mismo que la mujer ocupa un lugar central y único en la existencia de los humanos -la madre, la esposa, la hija, la hermana, la novia, la compañera-, así también en la historia de Dios ella tiene un lugar irremplazable.
Dios actúa a través de las realidades concretas que él ha creado, desde ellas y en ellas, encarnándose y encarnado en el mundo real. Por eso, para la llegada el Mesías, la mujer abrirá la puerta sellada, la puerta de los tiempos mesiánicos, no sólo el hombre, el Bautista. Los dos primeros capítulos del Evangelio de san Mateo y de san Lucas, está dominados por una mujer concreta: "Su nombre era María".
La acción de la mujer en la historia santa es absolutamente personal. Reposa sobre un acto de fe, de confianza, de intrepidez. No es meramente biológica, no se reduce a la gestación. No es una colaboradora, meramente pasiva, sino activa.
De esta historia, la mujer recibe un impulso decisivo para emanciparse de una multisecular situación de relegamiento y discriminación, para asumir en sus propias manos las riendas de su destino; para entrar en un diálogo con el hombre, como interlocutor de igual dignidad y personalidad.
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Misal de la Comunidad
Paulinas, 13era. ed.
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