El encuentro del Resucitado con María Magdalena es, en la intención de Juan, el relato de una historia de amor con ropaje de aparición. Muy de madrugada llega María Magdalena al sepulcro. Hace pensar en el Cantar de los Cantares: "En mi cama, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré. Me levanté y corrí a la ciudad" (3, 1-4). Sólo el que ama está capacitado para una experiencia de la resurrección. (...)
La historia robustece nuestra confianza en la María interior, la única capaz de encontrarse con el Resucitado. María es el ánima de nuestro interior, apasionada en su amor, intensa también en el sufrimiento cuando es herida. El animus de nuestro interior se protege de las heridas y no puede ser traspasado por el amor que supera la muerte. Hasta el amor de Juan queda demasiado lejos para creer en el misterio de la resurrección. Es ciertamente un amor que cree pero lo hace sin salir del propio corazón. El amor del ánima, tal como lo encarna María, se confía totalmente en el amado. Queda sin protección, se deja vulnerar, romper, encontrar. Por ser amor apasionado salta por encima de la comodidad del corazón, sale de sí, va al otro, se introduce en el otro. Este amor apasionado de ánima es evidentemente la condición previa necesaria para encontrar al Resucitado en medio de la vida. Con su relato pretende el evangelista Juan hacer una llamada a la confianza en ese amor apasionado de nuestro interior y una invitación a rendirnos a él. Quiere decirnos a gritos que el Resucitado nos saldrá al encuentro llamándonos una y muchas veces por nuestro nombre cuando nos encontremos hundidos en la fosa de nuestra tristeza. Todo se tornará luz y salvación. El amanecer gris se trasnformará en luminosidad de amor.
(Lo resaltado es mío. Mónica)Anselm Grüm
Evangelio y Psicología Profunda
Ed. Agape
Págs. 117-122

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