viernes, 15 de enero de 2010

Discutiendo de tradiciones con Jesús


Nuevo año, nuevos proyectos, nuevas oportunidades,  aparecen en nuestro corazón y en nuestra cabeza. Durante el tiempo de fin de año, las personas en general, suelen hacer un balance sobre el año transcurrido, pero llegado el nuevo,  se vuelcan a  hacer proyectos, a tomar decisiones. Es como un renacer. Esto es bien evangélico. El hombre-mujer nuev@ es áquel que se deja renovar por el Espíritu y dejar crecer en sí el Reino de Dios.
También esta renovación son cambios psico-espirituales importantes.
El en capítulo 7 del Evangelio de S. Marcos, en el vers. 4 dice: además hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición. Se puede interpretar esto de un modo literal o preguntarse que son esas prácticas.
En un cristiano, seguidor y discípulo de Jesús,  puede llegar a ser un cuestionamiento, desde la misma práctica religiosa hasta de una transformación interior.
Siguiendo en él, más adelante, Jesús les dice a los escribas y  fariseos en vers. 8 : Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres,  y en el  13, es más firme todavía:  así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han tranmitido. No estoy autorizada para una exégesis del texto, pero esta afirmación, el Señor la hace dentro del contexto de la sociedad judía, donde por seguir las prácticas religiosas, se podía hasta dejar en el desamparo a  los padres.
Llevándolo a un plano psico-espiritual, la pregunta sería cuáles son aquellas tradiciones de los hombres que seguimos los creyentes. Puede ser aquello que aprendimos de niños en nuestras catequesis, lo que nos fue dado en nuestra formación cristiana desde jóvenes, lo que dicen la institución u organización religiosa. Tradiciones que a veces, ni nos animanos a cuestionar o lo hacemos timidamente.
El cuestionamiento es porque nos adherimos a ellas, cual si fuera "Palabra de Dios". Yendo a un plano un poco más profundo, una de las causas más frecuentes es que alguno de esos mandatos, se encastran  hasta casi de manera arquitectónica, en nuestros mandatos familiares. Desde allí se puede llegar a comprender ese otro mandato de Jesús: Quien ama a su padre y a su madre, más que a mí, no es digno de mí (Mt. 10,37).  A lo que Jesús llama, no es al abandono de nuestros padres, como hacían los fariseos, sino a abandonar criterios y mandatos de nuestro padre y nuestra madre, porque son tradición de los hombres y no el mandamiento de Dios, que es el Amor.
El vínculo con quienes nos dieron la vida, puede llegar a ser facilitador de nuestra relación con Dios u obstáculo, que no nos permite vincularnos y atisbar una relación libre y confiada con el Dios de la Vida. 
Al responder al llamado de Jesús, de abandonar viejas tradiciones, brotará en nosotros esa capacidad de amar que se obstruye y bloquea posiblemente por aferrarnos a ellas.
El mandamiento del Señor, fue otro, Amense los unos otros a los otros como yo los he amado (Jn. 15,12). Allí está ese hombre-mujer nuevo@. Aquel que deja la tradición de los hombres por seguir el mandamiento de Dios.
Todo esto no deja de ser una gracia a pedir, ya que si fuera  meramente un trabajo terapéutico, sería otra vez ley de los hombres y no de Dios.
Dios quiere manifestarse en nuestra alma, habitar en ella, liberarnos de ataduras, para manifestar y que manifestamos el Dios de Jesús, que quiere instaurar su Reino entre nosotros.
A esto estamos llamados.

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